Estas últimas semanas han sido particularmente difíciles. La vida pone desafíos que por momentos, parecieran infranqueables. Pero a mis cortos 26 años, hoy me doy cuenta de ciertos elementos con los que contamos hombres y mujeres, que simplemente por estar ahí, no nos percatamos de su relevancia para lo que significa el curso de nuestras vidas.
Particularmente me refiero a dos cosas: la libertad y la voluntad.
Viktor Frankl, en su libro "El hombre en busca de sentido", señala: "Al hombre se le puede quitar todo, incluso la vida, pero no se le puede quitar una cosa, la última de sus libertades humanas, la elección de su actitud personal ante un conjunto de circunstancias, para decidir su propio camino". No lo dice cualquier persona. Lo dice un hombre que sobrevivió a los campos de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Sin duda, una de las experiencias más duras a las que un ser humano pueda ser sometido. En si, la libertad de tomar la postura que queramos ante cualquier circunstancia, es un don divino. Y el más claro ejemplo es Cristo, quien no se negó a la cruz. Sin embargo, de nuestra postura hacia la vida a las acciones que tomemos, hay un camino largo. Cuán grato sería el mundo si se siguiera la lógica orar > pensar > concluir > actuar. Pero entre las buenas intenciones y los actos concretos, hay muchas veces, una distancia abismal.
Creo que aquí es donde aparece la voluntad. Este concepto significa, entre otras cosas, la facultad de decidir y ordenar la propia conducta. Luego, ¿te pueden quitar la voluntad? ¿se puede perder la voluntad? En qué momento dejamos de ser autovalentes, y por simple comodidad o compleja enfermedad, no podemos actuar como queremos. Creo que Dios dio al ser humano estos dos grandes regalos. Por un lado, la libertad de escoger los caminos que deseamos. Por otro, la voluntad de realizar las acciones necesarias para transitar por estos caminos libremente escogidos. Aprovechar estos regalos es de plena decisión personal. Porque aun San Pablo le escribía a las comunidades romanas que hacía lo que no quería, y lo que quería no lo hacía. Y aunque él mismo vivió en carne propia lo que es estar privado de libertad, no bajó los brazos ante el llamado que él sentía.
Ojalá podamos sacar el mejor partido, para quienes nos rodean y para nosotros mismos, de estos dos grandes regalos que todos poseemos.
Julio.
Particularmente me refiero a dos cosas: la libertad y la voluntad.
Viktor Frankl, en su libro "El hombre en busca de sentido", señala: "Al hombre se le puede quitar todo, incluso la vida, pero no se le puede quitar una cosa, la última de sus libertades humanas, la elección de su actitud personal ante un conjunto de circunstancias, para decidir su propio camino". No lo dice cualquier persona. Lo dice un hombre que sobrevivió a los campos de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Sin duda, una de las experiencias más duras a las que un ser humano pueda ser sometido. En si, la libertad de tomar la postura que queramos ante cualquier circunstancia, es un don divino. Y el más claro ejemplo es Cristo, quien no se negó a la cruz. Sin embargo, de nuestra postura hacia la vida a las acciones que tomemos, hay un camino largo. Cuán grato sería el mundo si se siguiera la lógica orar > pensar > concluir > actuar. Pero entre las buenas intenciones y los actos concretos, hay muchas veces, una distancia abismal.
Creo que aquí es donde aparece la voluntad. Este concepto significa, entre otras cosas, la facultad de decidir y ordenar la propia conducta. Luego, ¿te pueden quitar la voluntad? ¿se puede perder la voluntad? En qué momento dejamos de ser autovalentes, y por simple comodidad o compleja enfermedad, no podemos actuar como queremos. Creo que Dios dio al ser humano estos dos grandes regalos. Por un lado, la libertad de escoger los caminos que deseamos. Por otro, la voluntad de realizar las acciones necesarias para transitar por estos caminos libremente escogidos. Aprovechar estos regalos es de plena decisión personal. Porque aun San Pablo le escribía a las comunidades romanas que hacía lo que no quería, y lo que quería no lo hacía. Y aunque él mismo vivió en carne propia lo que es estar privado de libertad, no bajó los brazos ante el llamado que él sentía.
Ojalá podamos sacar el mejor partido, para quienes nos rodean y para nosotros mismos, de estos dos grandes regalos que todos poseemos.
Julio.