Aquella noche fue distinta. Se encontró por primera vez solo tras mucho tiempo. Solo. Nadie había a su alrededor. Encontrarse solo era algo que anhelaba con ansias. Era, un cara a cara con su vida, con sus sueños, con sus temores, con sus tentaciones. Paseó por la habitación, mirando, escuchando, sintiendo, percibiendo. El silencio le encantaba. Sentía cómo su corazón latía. Acercándose a la mesa, destapó lentamente la botella que hace días había escogido en su mente. Cosecha de año impar, valle joven y talentoso, cepa distintiva del país de origen: todo un vino. Él siempre decía que con una copa en la mano se inspiraba mejor. Esa noche, se sentó en su sillón y trató de escribir. Y juro que trató. Y lo intentó. Y así lo buscó. Pero esa noche, no era para la escritura. Esa noche sintió el peso de su vida como nunca lo había sentido. Angustiado, caminaba tratando de ofrecer al mundo la inspiración que otras ocasiones había otorgado. Sintió, en el silencio de la noche, el rugir del mundo a su alrededor. Sin embargo, esta vez fue distinto. El mundo no giraba a su alrededor, sino que él giraba con el mundo. Pero todo movimiento circular debe tener un centro. ¿Cuál era? ¿Cuál era el centro de su vida? ¿Por qué giraba con el resto sin poder separarse? Sintió una angustia particularmente sofocante. Ya no era un problema cartesiano de pienso y luego existo, sino un siento y luego soy. ¿Pero ser qué? Sintió la ansiedad más grande al darse cuenta que el mundo, para él, no estaba centrado en su eje. En el silencio de aquella noche le pareció que por primera vez en su vida, él no tenía espacio disponible en el mundo. Aquella prometedora noche de prosa o poesía se había vuelto contra él, dándole la espalda, negándole la posibilidad de crecer, de desarrollarse, de existir. Y fue así como se encontró él mismo, solo, frustrado, descontento, descolocado, apesadumbrado, sofocado, cansado. ¿Cómo viviría el mundo que no eligió vivir? Y fue ahí, desde la profundidad más honda que la habitación había mostrado, que cayó al suelo, casi inerte en su sentir, entregándose a aquello que una vez lo había transformado, suplicando que no le soltara la mano. Pensó que quizás, en la profundidad del dolor que él sentía, podía llamar humildemente la atención de Dios Todopoderoso y pedir que lo cobijara. Aquella noche se durmió con la remota, pero real esperanza, que Dios lo habría escuchado. Durmió. Durmió y despertó a la mañana siguiente. El sol que entraba por una ventana pegaba sobre su cara y le obligaba a levantarse y ponerse de pie.
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Julio.
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Julio.